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jueves, 5 de agosto de 2021

Liberando letras

Lo único que puedo afirmar con certeza es que me gusta leer y escribir. También puedo defender mi derecho a la lectura: es algo que hago desde que era niño. Muchas letras, autores, historias, páginas, argumentos, ideas y una infinidad de universos han pasado frente a mis ojos. ¡Y los que faltan! Siempre los libros serán un escape a este absurdo mundo en el que vivimos, siempre un libro será una nave espacial que nos permite tener verdaderas experiencias de vida, así esa vida solamente ocurra en la mente de un escritor y del curioso lector que devora sus letras.


Pero hoy mi pasión por la lectura y la escritura me han puesto en una encrucijada. No solamente se leen libros y palabras, también se aprende a leer a las personas. Y en esas lecturas de rostros hallé uno bastante triste: el rostro de la decepción. Un rostro lleno de melancolía, rabia y tristeza que me preguntaba de qué me servía viajar tanto en libros si en la vida real sigo atascado en la misma rutina. ¿De qué sirve tener estantes llenos de maravillosas ideas e historias espectaculares si el mundo real no me resultaba tan agradable como todo eso que suelo leer? Sí, una melancolía mezclada con olor a humedad, el vapor salado que desprenden las lágrimas que rodean el rostro que leo. 


¡Carajo! ¿Alguna vez leí algo sobre esta situación? ¿Algún escritor pudo describir esta ridícula sensación de melancolía e ira? No lo sé, la lectura del rostro no me da tiempo de pensar en ello, solamente quiero refutar esta lectura facial. Porque puede que las letras me permitan viajar por terrenos desconocidos, por la risa de un chiste o por el miedo de un cuento, pero jamás me han defendido de la decepción que produce ese rostro. Y lo peor de todo es que el rostro que leo no es ajeno: es simplemente mi reflejo fundido en un espejo empañado por el calor de la ducha que acabo de tomar. Mi autolectura me decepciona: el peor libro que he podido leer.


Pero a la vez ocurre algo indescriptible: la melancolía se vuelve poesía, la tristeza se convierte en ideas. Y recuerdo que leí algo: la escritura es resistencia. Y escribir es tan poderoso como luchar con una espada y un escudo. Pude entender que mi decepción no era por leer y no vivir lo que leo, sino por no escribir todo aquello que leo y me hace vivir. La melancolía no era porque fuera un fracasado, sino la decepción de alguien que tiene un inmenso tesoro y no es capaz de compartirlo. Eso era, un universo de letras que he acumulado debe ser liberado, debe ser escrito.


Y heme aquí, liberando letras para compartir toda mi riqueza.