Hoy es uno de esos días donde es válido no sentirse bien. Hoy debe ser ese dia en donde, de manera repetitiva, se siente el cansancio en el aire. Y en efecto, lo es. La jornada pronostica una nueva alza, no del dólar, pero sí del dolor tan inmenso que puede sentir un alma agotada de la vida que trata de representar.
Y bueno, es válido sentirse así. Siempre será oportuno querer que el sol se esconda cuando está brillando con fuerza, desear que caiga una tormenta con rayos y centellas en medio de un cielo azul y espléndido. Es necesario esconder la belleza y que se evidencie la poderdumbre, el dolor y la confusión que consume la parte más interna y delicada del corazón.
Este cóctel de amargura puede venir acompañado de un poco de ansiedad. Bueno, mucha ansiedad. Que se sienta ese peligro desbordante por las venas, un fantasma de miedos abundante de ira y descontrol. Que esa ansiedad se convierta en furia, esa rabia que debe explotar y romper todo a su alrededor. Sin respeto, sin buenas costumbres, simplemente la naturaleza de lo absurdo que se manifieste en todo su esplendor.
Una vez que ese volcán de emociones erupte, que se desborde toda esa mezcla de rabia y alegría, de gritos de júbilo y llanto de confusión, una vez ese tsunami destruya lo interno y lo externo, en ese momento habrá un lapsus de duda: ¿qué pasó? Esa es la señal para saber que ese día válido para estar mal (o bien) ya terminó y que se debe retornar a la misma cotidianidad que no permite explorar tan abiertamente estas sensaciones.
Se debe comenzar a ordenar el caos que produjo la rabia y la dicha. Recoger los vidrios rotos, ordenar los libros tirados en el suelo, acomodar las cosas que fueron lanzadas a muchas partes sin sentido. Se debe recuperar la confianza de la mascota asustada, darle un premio de consolación al ver todo ese espectáculo de ansiedad. Hay que poner música alegre, repetir los mismos videos de comediantes baratos que sacan risas pasajeras e intentar, una vez más intentar, seguir.
Más temprano que tarde llegará ese nuevo día, se reactivará el bono para tener ese día de no sentirse bien y repetir el ciclo eterno de una peste que, muy difícilmente, se puede sanar. Para los malestares del cuerpo hay algunos medicamentos, pero para las enfermedades del alma aún no hay vacuna ni antídoto que permita reparar estos nefastos efectos.