Debo comenzar dejando dos cosas claras. La primera: debatir con apasionamientos no es un avance de ningún tipo. De hecho, este tipo de debates es el peor que puede existir, porque hace que quienes estén inmersos en dicha discusión pierdan la objetividad y lo que hagan sea proferir falacias que, finalmente, no nos llevan a ninguna conclusión válida. La segunda: estar dentro o fuera del debate exige una responsabilidad que va más allá de lo meramente discursivo o de ser un simple espectador pasivo. No se trata de apoyar o refutar a una de las partes (a no ser que seamos una de las partes), sino de construir un diálogo sincero que permita llegar a acuerdos jutos y tomar decisiones acertadas. Los debates son los motores del cambio, el semillero de la generación de nuevas ideas y visiones, de ahí que debatir sea un elemento tan importante en sociedades desordenadas como lo es la nuestra.
Escribo esto porque actualmente existen sendos debates en torno a muchos puntos trascendentales en el país. Desde tragedias ocurridas en bares hasta candidaturas senatorales para las próximas elecciones. Desde leyes laborales en materia futbolística hasta diálogos de paz que van bien despacio. Muchos debates en torno a demasiadas situaciones que, a cualquier persona, confunden y enredan, hasta el punto de preferir la ignorancia frente a los mismos por la misma perez a de estar informado. Todos dicen, todos hablan, todos critícan, pero nadie construye. Ni siquiera yo, y creo que cuando inauguré este blog la idea era esa, construir, pero la ignorancia mediática en la que vivimos me llevaron a ser parte del mismo círculo vicioso de preferir ignorar el debate y dejar que otros decidan por mi. Y estos otros, finalmente, son los protagonistas de los debates, los que son amados y odiados por muchos, los que a la final les sirve gritar y patalear antes de debatir. Finalmente ellos son los beneficiados con este desorden societario y con esta ignorancia mediática. Ellos, que no saben debatir, se benefician de esa falta de capacidad racional. Un poco triste, ¿no le parece?
No quiero entrar en detalles de ningún debate. Cada cual tendrá sus prioridades, yo tengo las mías. Hay ciertos debates que me interesan más, ya sea por su contenido, las dimensiones del tema que se trata, de los efectos que el mismo tiene en la sociedad. Pero eso no es lo que interesa en esta entrada. Acá lo que me preocupa es el insano debate al que estamos siendo invitados. Un debate amarillista, fundamentado en la persona o en la cosa pero no en los argumentos. Un triste debate que está convirtiendo a los medios en "galleras públicas" y a las redes sociales en "trincheras digitales". Vivimos en un debate apasionado, el cual critiqué al comenzar esta entrada, porque no pude concebir la idea de que un debate apasionado sea un "avance" en la sociedad. Aquí caigo en la trampa: critico pero no construyo, por eso propongo un debate. Una construcción que comenzaré yo y espero que, quien lea esto, quiera y pueda continuar.
Intentemos ser más escépticos, de no tragar entero. Tomemos un pequeño curso de argumentación, sepamos diferenciar un argumento de un simple sentimentalismo. Sepamos contruir ideas a partir de las peleas de los personajes "influyentes" de nuestro medio. Enseñemos a estos personajes que nosotros, los ciudadanos de a pie, las víctimas de sus peleas, somos quienes finalmente tomamos las decisiones. Sepamos pedir razones, pedir conceptos, pedir ideas. Sepamos exigir sana crítica a los demás, empezando por nosotros mismos. Por ejemplo, yo me considero opositor a las ideas de Petro, pero no por ello caeré en el absurdo de ofenderlo o de cuestionarle su pasado. Prefiero contraargumentarle, exigirle argumentos, razones válidas que sustenten su posición. Sea a quien sea, lo importante es argumentar, no pelear. Me parece patético que nos consideremos seres racionales y humanos, pero que no seamos capaces de debatir para contruir. Muy triste.
Más que las marchas, los actos simbólicos, las burlas, los chistes y demás métodos de "presión" y canalización de los debates virtuales, desde ahora seré un cuestionador y un preguntón, al mejor estilo de niño chiquito. Espero de este modo descubrir argumentos detrás de los insultos y las burlas. Pretendo hallar a los responsables de los malos debates, de los culpables de que sigamos en esta ignorancia mediática y en esta sociedad desordenada.
Luego volveré a comentarles como va mi experimento.
@JMondragonD
ADVERTENCIA: Se permite pensar y opinar diferente. Esto es Opiniones Paralelas. Bienvenido.
martes, 17 de septiembre de 2013
jueves, 21 de marzo de 2013
La esperanza de Petro
En días anteriores tuve la oportunidad de conversar con alguien sobre la propuesta de la revocatoria del mandato del alcalde Petro. Fue una conversación bastante dinámica, no sólo por estar presentes las dos fuerzas antagónicas del discurso (mi compañero a favor, yo en contra) sino porque tuve un espacio bastante importante para poder entender a Petro. Y no porque yo sea un fiel simpatizante al mejor estilo de los progresistas o porque descubrí un mísero sentimiento de misericordia hacia su débil gestión, sino porque puede entender que aún tiene una esperanza. Una pequeña esperanza de poder empezar a trabajar mejor, de hacer las cosas con un mejor estilo, de un modo mucho más gerencial y menos político, la gran trampa del actual gobierno.
"Revocarle el mandato a Petro será la esperanza de la ciudad", me decía mi amigo. Y si bien lo revocamos, ¿qué sucederá después? Nadie ha demostrado el suficiente liderazgo como para administrar la ciudad, mucho menos Petro, pero por ahí dicen que es mejor malo conocido que bueno por conocer. Y si bien me suena bastante patética esa frase, considero que Petro ha sido bastante arriesgado al asumir su rol como alcalde. Y no sólo por meterse de frente con las grandes oligarquías que dominan la ciudad, sino porque tiene un estilo propio (pero fatal) de proponer, de innovar en una ciudad que realmente lo necesita. Y si, necesitábamos a Petro: si no hubiera sido por él, el agua jamás sería un derecho fundamental real, si no hubiera sido por él, nunca en la vida se nos hubiera ocurrido tratar de montar un esquema de recolección de basuras que incluyera a los recicladores y que buscara promover una cultura ecológica de la reutilización y la segregación de las basuras. Si no hubiera sido por Petro, muchos bogotanos seguirían en el mismo parroquialismo cultural, nadie crearía los más mínimos argumentos para defenderlo o para atacarlo, nadie pensaría en Bogotá en su conjunto. Si no hubiera sido por Petro, nadie se tomaría tan enserio los problemas de la ciudad como lo estamos haciendo en este momento.
Y eso es algo que, personalmente, debo abonarle al alcalde. Con su estilo polémico y autoritario, hizo que la gente reflexionara sobre la ciudad como una sola, entendiendo que somos muchos en un espacio y que todos nos vemos afectados o beneficiados por X o Y fenómeno. De ahí se desprende una transformación cultural bastante interesante, que tristemente se ve afectada cuando esa transformación supera los límites del sano debate y se convierte en una guerra "sentimentalista" que termina afectando a Bogotá. Y esa guerra ha sido precisamente la que ha debilitado la credibilidad del gobierno, pues el alcalde se la pasa solucionando sus peleas de turno, más no los problemas de la ciudad.
Pero revocarlo en la actual situación agravaría mucho más la crisis de gobernabilidad que estamos viviendo. La Alcaldía, el Concejo, las dos máximas expresiones del poder político en la ciudad y las más cuestionadas de la ciudad, requieren de una reingeniría que sólo puede venir desde adentro: una limitación a la burocracia parásita (en el caso del Concejo) y una visión de gerencia empresarial y competitiva (en el caso del Alcalde). Por eso Petro aún tiene la oportunidad de volver a darle un giro a la ciudad, debe bajarle a la idea de las mafías y ponerse a ejecutar más. Los planes de desarrollo de ejecutan en la vida práctica, no en el Twitter, y es por ahí por donde se debería comenzar. Que sea capaz de asumir su responsabilidad, que sepa gerenciar, que supere la etapa de campaña electoral y que se olvide de la idea de que la Alcaldía es el trampolín hacia algo más. Que si de verdad quiere una Bogotá Humana, el asuma su rol de humano con la ciudad y que retribuya con gestión todo lo que nosotros, los ciudadanos de a pie, le hemos aguantado y esperamos que pueda hacer. Ojalá la revocatoria lo ayude a cambiar su estilo de gobierno, ojalá esta sea la esperanza que tenemos los bogotanos por tener un verdadero alcalde.
"Revocarle el mandato a Petro será la esperanza de la ciudad", me decía mi amigo. Y si bien lo revocamos, ¿qué sucederá después? Nadie ha demostrado el suficiente liderazgo como para administrar la ciudad, mucho menos Petro, pero por ahí dicen que es mejor malo conocido que bueno por conocer. Y si bien me suena bastante patética esa frase, considero que Petro ha sido bastante arriesgado al asumir su rol como alcalde. Y no sólo por meterse de frente con las grandes oligarquías que dominan la ciudad, sino porque tiene un estilo propio (pero fatal) de proponer, de innovar en una ciudad que realmente lo necesita. Y si, necesitábamos a Petro: si no hubiera sido por él, el agua jamás sería un derecho fundamental real, si no hubiera sido por él, nunca en la vida se nos hubiera ocurrido tratar de montar un esquema de recolección de basuras que incluyera a los recicladores y que buscara promover una cultura ecológica de la reutilización y la segregación de las basuras. Si no hubiera sido por Petro, muchos bogotanos seguirían en el mismo parroquialismo cultural, nadie crearía los más mínimos argumentos para defenderlo o para atacarlo, nadie pensaría en Bogotá en su conjunto. Si no hubiera sido por Petro, nadie se tomaría tan enserio los problemas de la ciudad como lo estamos haciendo en este momento.
Y eso es algo que, personalmente, debo abonarle al alcalde. Con su estilo polémico y autoritario, hizo que la gente reflexionara sobre la ciudad como una sola, entendiendo que somos muchos en un espacio y que todos nos vemos afectados o beneficiados por X o Y fenómeno. De ahí se desprende una transformación cultural bastante interesante, que tristemente se ve afectada cuando esa transformación supera los límites del sano debate y se convierte en una guerra "sentimentalista" que termina afectando a Bogotá. Y esa guerra ha sido precisamente la que ha debilitado la credibilidad del gobierno, pues el alcalde se la pasa solucionando sus peleas de turno, más no los problemas de la ciudad.
Pero revocarlo en la actual situación agravaría mucho más la crisis de gobernabilidad que estamos viviendo. La Alcaldía, el Concejo, las dos máximas expresiones del poder político en la ciudad y las más cuestionadas de la ciudad, requieren de una reingeniría que sólo puede venir desde adentro: una limitación a la burocracia parásita (en el caso del Concejo) y una visión de gerencia empresarial y competitiva (en el caso del Alcalde). Por eso Petro aún tiene la oportunidad de volver a darle un giro a la ciudad, debe bajarle a la idea de las mafías y ponerse a ejecutar más. Los planes de desarrollo de ejecutan en la vida práctica, no en el Twitter, y es por ahí por donde se debería comenzar. Que sea capaz de asumir su responsabilidad, que sepa gerenciar, que supere la etapa de campaña electoral y que se olvide de la idea de que la Alcaldía es el trampolín hacia algo más. Que si de verdad quiere una Bogotá Humana, el asuma su rol de humano con la ciudad y que retribuya con gestión todo lo que nosotros, los ciudadanos de a pie, le hemos aguantado y esperamos que pueda hacer. Ojalá la revocatoria lo ayude a cambiar su estilo de gobierno, ojalá esta sea la esperanza que tenemos los bogotanos por tener un verdadero alcalde.
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