La tarde estaba tibia, el café estaba humeante y las cenizas reposaban en la sobria caja gris ubicada al lado de las flores. Girasoles y orquídeas, tus preferidas, señalaban con paciencia que eras bella y que así, rodeada de amores, flores y café, querías ser despedida y recordada.
Los murmullos iban y venian en torno a tus memorias. Risas apagadas y lágrimas discretas se asomaban entre la gente, entre aquellos que pensábamos en ti, en tu dolor y en tu cura. No era tiempo de juzgar, solo de recordar. En medio de las anécdotas te vi, por última vez, y reviví todo eso que sentía. Por fin pude ordenar mis ideas y me pude despedir de ti, pero no como un adiós definitivo, sino como una pausa cósmica que nos permitirá encontrarnos en otro momento.
Según mis ritos, oré para buscar calma y hallar palabra sagrada que me fortaleciera, busqué el verso perfecto que describe la paz que encuentro al reposar en Dios. También lo hice para que otros, creyentes o no, lo buscaran.
Descendimos al bosque, los árboles imponentes nos custodiaban y los últimos rayos de sol nos protegían. El viento, tu nuevo custodio, nos exigía que te diéramos libertad. Y luego, después de lágrimas y abrazos, alzaste el vuelo, el viento te elevó y te disipaste en el frío de la tarde y el calor de la naturaleza. Al fin, el vuelo que soñabas desde niña comenzó. Mi corazón, al fin eres aire.
Polvo somos, en efecto, pero tú eres polvo de hadas, aire del bosque, abono de estrellas. Gracias por haber estado, gracias por haberme dejado estar y gracias, sobre todo, por enseñarme el sentido correcto del amor, la ternura y el perdón.
Descansa en paz...