En días anteriores tuve la oportunidad de conversar con alguien sobre la propuesta de la revocatoria del mandato del alcalde Petro. Fue una conversación bastante dinámica, no sólo por estar presentes las dos fuerzas antagónicas del discurso (mi compañero a favor, yo en contra) sino porque tuve un espacio bastante importante para poder entender a Petro. Y no porque yo sea un fiel simpatizante al mejor estilo de los progresistas o porque descubrí un mísero sentimiento de misericordia hacia su débil gestión, sino porque puede entender que aún tiene una esperanza. Una pequeña esperanza de poder empezar a trabajar mejor, de hacer las cosas con un mejor estilo, de un modo mucho más gerencial y menos político, la gran trampa del actual gobierno.
"Revocarle el mandato a Petro será la esperanza de la ciudad", me decía mi amigo. Y si bien lo revocamos, ¿qué sucederá después? Nadie ha demostrado el suficiente liderazgo como para administrar la ciudad, mucho menos Petro, pero por ahí dicen que es mejor malo conocido que bueno por conocer. Y si bien me suena bastante patética esa frase, considero que Petro ha sido bastante arriesgado al asumir su rol como alcalde. Y no sólo por meterse de frente con las grandes oligarquías que dominan la ciudad, sino porque tiene un estilo propio (pero fatal) de proponer, de innovar en una ciudad que realmente lo necesita. Y si, necesitábamos a Petro: si no hubiera sido por él, el agua jamás sería un derecho fundamental real, si no hubiera sido por él, nunca en la vida se nos hubiera ocurrido tratar de montar un esquema de recolección de basuras que incluyera a los recicladores y que buscara promover una cultura ecológica de la reutilización y la segregación de las basuras. Si no hubiera sido por Petro, muchos bogotanos seguirían en el mismo parroquialismo cultural, nadie crearía los más mínimos argumentos para defenderlo o para atacarlo, nadie pensaría en Bogotá en su conjunto. Si no hubiera sido por Petro, nadie se tomaría tan enserio los problemas de la ciudad como lo estamos haciendo en este momento.
Y eso es algo que, personalmente, debo abonarle al alcalde. Con su estilo polémico y autoritario, hizo que la gente reflexionara sobre la ciudad como una sola, entendiendo que somos muchos en un espacio y que todos nos vemos afectados o beneficiados por X o Y fenómeno. De ahí se desprende una transformación cultural bastante interesante, que tristemente se ve afectada cuando esa transformación supera los límites del sano debate y se convierte en una guerra "sentimentalista" que termina afectando a Bogotá. Y esa guerra ha sido precisamente la que ha debilitado la credibilidad del gobierno, pues el alcalde se la pasa solucionando sus peleas de turno, más no los problemas de la ciudad.
Pero revocarlo en la actual situación agravaría mucho más la crisis de gobernabilidad que estamos viviendo. La Alcaldía, el Concejo, las dos máximas expresiones del poder político en la ciudad y las más cuestionadas de la ciudad, requieren de una reingeniría que sólo puede venir desde adentro: una limitación a la burocracia parásita (en el caso del Concejo) y una visión de gerencia empresarial y competitiva (en el caso del Alcalde). Por eso Petro aún tiene la oportunidad de volver a darle un giro a la ciudad, debe bajarle a la idea de las mafías y ponerse a ejecutar más. Los planes de desarrollo de ejecutan en la vida práctica, no en el Twitter, y es por ahí por donde se debería comenzar. Que sea capaz de asumir su responsabilidad, que sepa gerenciar, que supere la etapa de campaña electoral y que se olvide de la idea de que la Alcaldía es el trampolín hacia algo más. Que si de verdad quiere una Bogotá Humana, el asuma su rol de humano con la ciudad y que retribuya con gestión todo lo que nosotros, los ciudadanos de a pie, le hemos aguantado y esperamos que pueda hacer. Ojalá la revocatoria lo ayude a cambiar su estilo de gobierno, ojalá esta sea la esperanza que tenemos los bogotanos por tener un verdadero alcalde.
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