Ya ha pasado bastante tiempo desde la última vez en la que plasmé pensamientos en escritos. Quizá el hábito se está deteriorando, pero la necesidad de desahogarme se mantiene. Aunque, siendo justos, han sido mejores días y el torbellino de mis ideas se ha calmado. Hay un truco muy interesante que permite calmar las aguas después de una fuerte tormenta: el ideal de Dios.
De otro lado, he aprendido que la mente se tranquiliza cuando otros sentidos se vuelven más agudos. El escuchar mejor, el ver con más calma, el sentir con mayor intensidad, el saborear con mayor detalle. Mi trabajo sabe a vainilla: es dulce, pero en exceso resulta bastante empalagoso. Mi profesión sabe a café, es amargo, pero con un buen maridaje es posible acompañarlo y hacerlo delicioso. Mi familia... ellos son una mezcla infinita de sabores, una combinación de buenas especias y carnes maduras. Jamás me cansaré de su sabor.
Hay amigos que son como las comidas procesadas: en exceso hacen daño. Hay que etiquetarlos y consumirlos con precaución. Otros tienen el sabor de las naranjas, pues son ácidos y cuentan con algo de dulzura. Finalmente, los vecinos me saben a metal y siempre me dejan un mal sabor de boca.
Hay días en la oficina que me parecen a una guayaba: no me gusta, pero es necesaria para la salud. A pesar de ello, la disfruto cuando se convierte en bocadillo, cuando se esparce como jalea sobre las galletas. Quisiera otro sabor en el trabajo, por allí anda una cereza que puede saber bien, pero tantas cerezas al tiempo pueden enfermar. Pero bueno, mientras tanto seguiré saboreando la vida como mi gato saborea su atún, sabiendo que el ideal de Dios pondrá mejor sazón a mi existencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario