Como buen inicio de año, desperté muy tarde. O muy temprano, no lo sé. Había demasiado silencio en el barrio, pero sobre el medio día inició el bullicio de los asados. El olor del humo en toda la cuadra, las porciones de carne listas, las papas saladas y la mazorca con mantequilla. Cerveza, en abundancia. Comida, demasiada para una sola familia. Chistes flojos del año anterior, en cantidades promedio. Algunas fotos con los niños, escuchar la pólvora que le sobró a los vecinos, intentar oír las rancheras de la casa del lado que se confundían con las canciones de merengue que sonaban en el patio de nuestra casa. Un típico inicio de año, pero con una diferencia abismal: no encuentro la motivación para iniciar (o continuar) esta anualidad. Un postre ligero para la cena, dos vasos de agua e intentar dormir un sueño que no relaja, sino que asusta.
Cae la noche, la oscuridad trae consigo más silencio. Pero en mi cabeza resuena ese zumbido de duda, la incertidumbre de otro año y los pendientes del anterior. No debería ser primero, no se debería reiniciar la cuenta. Al fin y al cabo, la misma incertidumbre continua y, tal como sospecho, no tiene fin.
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